miércoles, 22 de mayo de 2013

Ser árbol de muchos pájaros

 
 
Por: Faba Yupanqui
CENTRO DE INFORMACION SOCIAL-JALISCO
 
 
 
Escribo esta carta para mi familia, para mis amigos, que también son mi familia, para los que fueron mis alumnos, pilar fundamental y motor de mi vocación: para todos aquellos que con una palabra de aliento, con un acto solidario o con un abrazo fraternal me acompañaron durante esta aventura. La escribo desde nuestro saloncito: pequeño, con el ventanal desde el que veo la pendiente que lleva al arroyo, rincón perdido en la sierra en el que me encontré tantas veces con diversos sentimientos a lo largo de este ciclo.
 
Falta un mes para terminar o poquito más, y escribo precisamente hoy, en el límite del cambio de ciclo, porque ocurrió que, en ese saloncito del que tanto les he hablado a todos y que se ha convertido en mi sendero cotidiano, mis alumnos, los trece que hemos sido-catorce conmigo-durante toda la aventura, así, sin quererlo ni buscarlo, comenzamos a recordar quiénes fuimos hace ya casi un año cuando comenzó el ciclo escolar y me di cuenta que aunque el tiempo se nos va entre las manos, como el agua de los arroyos en los que tantas veces lavé mis ropas y mis esperanzas, nos deja a su paso, también como el agua, diversas señales: en el cauce deja su marca en las piedras, deja la suavidad, los surcos, la memoria de que volverá; en mí dejó este tiempo la profunda huella que nos marca solamente el amor, con sus gradaciones, con su entrega, con sus dolores.
 
Recordé entonces, y se los comparto porque es verdaderamente significativo para mí, el primer día de clases. Mis objetivos en ese momento tan claros y precisos, que con el paso de los días, las sonrisas y los pesares, fueron cambiando tan imperiosamente como cambia el color de la sierra con las estaciones. Las caritas asustadas de algunos, de reconocimiento de otros me dieron la bienvenida: once voces de otra lengua luchando por acomodarse, mi voz de otra lengua deshaciéndose contra la realidad. Fuera del salón estaba Rogaciano, mi Rogaciano que con el tiempo se convertiría en el autor intelectual del grito matutino “Rogaciano, mi amor” en tono de enojo, lloraba triste en el jardín: él no quería estar aquí, él quería estar en su casa, nunca había salido de su comunidad. Por otro lado estaba Silvestre, que en su emoción se equivocó de grupo, cuando llegó a nuestro saloncito entró con una sonrisa, su sonrisa tan característica: no hablaba español, ni tampoco lo entendía. Los niños me ayudaban a traducirle con muchas dificultades, la única palabra que él sabía decir era “sí” y su “sí” nos abrió las puertas a ambos, más que del entendimiento, de la amistad. Y así empezó nuestro capítulo, que habría de reproducirse en muchos y diversos momentos que nos marcaron de una u otra forma.
 
Las once voces se convirtieron en trece: trece pares de manos amables, trece pares de ojos despiertos, de luceros siempre dispuestos a alumbrarme el camino. Y entonces nos volvimos catorce, entonces inventamos el wixañol para entendernos, y ellos como las flores que siempre me compartían, también me compartieron su lengua y su mundo.
 
Ahora me es difícil entender mi día sin ver la sonrisa de Silvestre, los ojos luminosos de Belisario, sin entender el silencio cómplice de Carolina o escuchar las palabras amables de Adriana. Me es difícil comenzar a pensar en que los ojitos de pajarito de Elías no estarán todos los días, y que Prisciliana no llegará corriendo para decirme “Te lo encontré”, que mi Dulcecito no me dará una nalgada y me dirá que me porte bien; o que Vivianita no tratará de convencerme haciéndome piojito mientras le califico. El nombre de Rogaciano será siempre referencia obligada entre los amores de mi vida y Edgarcito, con su carita de galán de cine, no me cerrará el ojito mientras nadie lo ve. Y qué decir de Josué con su sonrisita de niño bueno, aunque siempre es él el autor intelectual de las vagancias, Alejandrina cantando en las mañanas y, haciendo honor al Esquimalito, mi Sebastiancito imitándome mejor que nadie. Me es difícil entender mi día y mi vida sin todos ellos.
 
Los ciclos de la vida son ciclos precisamente porque debemos cambiar. Después de estos meses entiendo que lo más seguro es que estarán siempre en mi recuerdo y eso los hará estar siempre en mi vida.
 
Finalmente les comparto que el objetivo primordial se cumplió: aprendimos a leer y a escribir en español y en wixárika y le hemos ido encontrando el sentido a esta práctica. La sorpresa que me deparó el destino no fue ésta, sin embargo. La verdadera felicidad reside en que el verbo alfabetizar lo conjugamos en todos los tiempos y en todos los matices semánticos: amistar, entender, jugar, pelear, enojar, sonreír, caminar, conocer, aprender, escuchar, cuidar, proteger, sentir, soñar, dormir, acompañar, bailar, guiar, iluminar, llorar, cantar, lavar, dibujar, bañar, besar pero sobre todo amar, amar mucho y en plenitud más allá de dónde nacimos, más allá de la lengua que hablamos, más allá de la sierra y de las ciudades.
 
El ciclo se termina como se han terminado otros ciclos en mi vida, y como en otros ciclos de manera idéntica y distinta a la vez, me llevo las palabras y me expreso en palabras, pues finalmente soy una mujer de letras y no encuentro otra manera de decir lo que siento. Afortunadamente sólo se termina el ciclo escolar, esta vez. El siguiente ciclo volveré con mis chaparritos. Nuestro saloncito será otro, pero nos llevaremos nuestro nuevo librero y nuestro gran pizarrón blanco, entre otros tiliches que ya sentimos muy nuestros, pero sobre todo, nos llevamos nuestros corazones.
 
Un aula de clases no es un espacio físico, no es la representación de un trabajo ni mucho menos un lugar de imposiciones: es un lugar interno siempre en construcción a partir de muchas voces y a partir de muchas manos, mis aulas de clases las llevo siempre conmigo y las voy entrelazando como en los tejidos: me las llevo en mi morral cuando viajo, me las llevo a la almohada, en los pliegues de la falda al caminar. Y no tengo más que agradecer el maravilloso don de estar donde estoy ahora y donde quiero estar toda la vida, a cambio todos los días me levanto y trabajo con toda la dignidad de la que soy capaz y todos los días al acostarme sueño con que cada vez pueda ofrecer más de mí, como dijo Rosario Castellanos y quiero que me suceda a mí: “En los labios del viento he de llamarme árbol de muchos pájaros”.
Faba

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